Su rostro delgado, apelmazado con tierra y mugre, es como una rosa marchita que anhela desesperadamente la lluvia de las nubes. El pelo negro del chico forastero está resbaladizo con sudor y todo lo que puede oler es la hierba y la tierra. Hambriento y cansado, el chico respira con dificultad, lamiendo sus labios agrietados. Siente el sabor metálico de la sangre en su lengua reseca. Mira arriba, donde Efrén se eleva sobre él como si el sol abrasador despiadadamente agarra el cielo por su garganta mientras los pájaros vuelan y cantan una melodía burlón. Un dolor palpitante en su pierna le trae lágrimas a sus ojos topacios, un mar donde él mismo se está ahogando. En estos ojos existe también un mundo donde la inocencia camina sobre una cuerda endeble. Asustado, el chico puede sentir el latido de su corazón, como un martillo golpeando un clavo. Sus cejas están fruncidas y los pelos en su piel levantados como si un viento helado pasará, quedándose congelado en su lugar como si el tiempo se detuviera. La humillación baila a su alrededor, chirriando una canción para que todos la escuchen. Enrojecidas, sus mejillas hundidas están quemadas de un rojo intenso, como un fuego indómito. Quiere gritar y agitar los árboles, pero ningún sonido sale de sus pulmones. En cambio, la frustración solo puede resonar con rabia en las paredes de su mente, como una pelota de ping-pong rebotando de un lado a otro. Trata de levantarse con sus dedos frágiles y, a cada paso, siente el crujido de la tierra bajo sus pies descalzos, una constante conexión con su entorno árido y hostil. La inocencia se rompe como fragmentos de vidrio y es como si se estuviera perforando los pies con esos fragmentos.